Me castigas, el silencio pesa, el rastro de tu abandono se esparce como polvo acumulándose sobre las losas de la nada. Las losas que tapan la tumba de un muerto, que le cubren el rostro invisible, que le cierran en su negro espejismo. Pero el polvo te delata, su rastro te delimita como huellas dactilares acusadoras de tu presencia constante, sobre mí, debajo de mí, en mí.
Sabes, que mis ojos no miran tus ojos, que mi boca no te besa, ni mi voz te habla, que mis manos no se enredan en tu ropa que no respiro en tu aliento.
Sabes, Que al mirarnos no nos vemos, que no estamos, que al decirnos no decimos nuestros nombres que es un cordel fino, el que nos une, trasparente en el silencio de la noche.
Quebradizo como el verso que se rompe si lo meces.
Sabes, que esta ventana que aclara la noche no es verdad. La energía de esta luz, la que nos puede, nos disipa, nos deforma, nos precede Nos ahíla, nos devora, carne inerte.